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Camilo, historia de un niño maltratado


A Camilo le fascinaba otear el mar sin límite de tiempo. Cogía su pequeña banca para asomarse por el muro blanco de seguridad que separaba el frontis de su casa de un peligroso barranco. La vivienda del infante se erguía en la cima de un morro, desde donde tenía una impresionante vista panorámica de la extensa playa.

Creía que el horizonte era el final del mar y que allí empezaba una inmensa catarata. Pensaba, que el sol se sumergía en el fondo marino para descansar hasta el amanecer. Se preguntaba si sería capas de poder nadar desde la orilla hasta donde la vista no alcanzaba a divisar. Estaba convencido que él había sido un delfín. Camilo tenía seis años.

Su hogar era un conjunto de amplias habitaciones con una gran terraza en la parte trasera que colindaba con un frondoso jardín (semejante a un pequeño bosque por la cantidad de árboles, flores y maleza). Allí, Camilo, corría como un animalito silvestre dando rienda suelta a toda la fantasía contenida en su cabecita. Trepando en los árboles frutales de pacay, nísperos o plátanos era feliz. Utilizando las débiles ramas como lianas selváticas se balanceaba igual que un diminuto mono tití. Dentro de todo éste verdor se había mal construido una reducida choza con grandes hojas de plátano y ramas secas. En su interior comía las frutas que a escondidas hurtaba (aunque los vecinos lo observaban con una sonrisa cómplice), además absorbía el líquido lechoso que brotaba de unas flores rojas. En el extremo derecho de este paraíso, una zigzagueante escalera de concreto unía los aproximados treinta metros que separaban a la fábrica de harina de pescado, en la parte baja, con la zona residencial en lo alto. Allí se sentía amo y señor del mundo, rodeado de tantas flores.

Cierta tarde, el inquieto Camilo, jugaba en el extenso patio contiguo a su casa. Un local con puerta independiente, techado en un cincuenta por ciento, donde estaba la lavandería. El pequeño daba de patadas a su pelota, corría sudoroso detrás del balón que se estrellaba contra la pared al tiempo que gritaba ¡Gooool! Con el corazón acelerado tomó el esférico entre sus manitas, lo lanzó al aire y le acertó un cabezazo con toda su fuerza infantil enviándola dentro del cesto de ropa sucia, junto al lavadero.

En el depósito, además del vestuario utilizado por la familia estaba la casaca (chamarra) de tela del mayor de sus héroes, su padre. La observó imaginando la cara de felicidad de su papá al ver el gesto de su hijo mayor. Lo visualizó sonriendo, abrazándolo en señal de agradecimiento. No lo pensó más, en un rincón quedó olvidada la pelota, llevó una silla hacia el lavadero, subió en ella con la prenda en su poder, empozó el agua y le agregó mucho detergente además de lejía. Introdujo la casaca y se puso a refregarla lleno de felicidad.

Los minutos transcurrieron apaciblemente hasta que la puerta del patio emitió el sonido de unos goznes oxidados, era su madre –la misma persona que unos años antes le había dado la vida y sufrido al parirlo- acercándose para ver en qué andaba. Camilo, sonriendo tiernamente volteó expresando con total inocencia: "mira... mami". Ella, al ver el detergente, la lejía y la prenda dentro del agua se llenó de furia, tomó al pequeño por los pelos jalándolo violentamente en sentido contrario del lavadero, estrellándolo contra el piso. Luego lo asió fuertemente de su frágil brazo y empezó a abofetearlo descontroladamente. “¡Muchacho de mierda, ya te he dicho que estés quieto!” “¡No aprendes carajo!” “¡Ahora vas a ver!” “¡Quién te manda a malograr la ropa!”, vociferaba mientras lo golpeaba. El niño desconcertado gritaba de dolor y miedo.

Camilo, en un descuido de su madre logró zafarse del cruel castigo, se echó a correr con dirección al jardín, a ése edén que cobijaba sus aventuras y le brindaba las caricias negadas. Por un instante se detuvo en la escalera de concreto sin dejar de llorar pero la calma estaba a punto de romperse nuevamente. Su madre apareció con una correa (cinturón) de cuero en la mano, el rostro delatando rabia, y una idea fija: corregir la “travesura” de su prole.

¡Ven acá!, le ordenó. “No mamita… por favor no me castigues... ya no lo vuelvo hacer”, suplicaba sin saber la razón de su tormento. Ella empezó a bajar las gradas acercándose lentamente, exigiéndole que no se moviera. “Perdón… mamita perdón”, imploraba mientras retrocedía trastabillando. Ante tal desobediencia su madre agilizó el paso y él nuevamente se echó a correr. Ambos, perseguidor y perseguido, corrían por la escalera con dirección a la fábrica. ¡Pedazo de mierda te he dicho que te detengas!, le ordenaba voz en cuello. Camilo no detenía la velocidad de sus diminutos pies, tampoco cesaba de llorar. “¡Ahora te matoooo... carajo!” “¡Nadie te va a salvar de ésta!”, empezó a amenazarlo. “¡No me matees... mamita!” “¡Yo te quiero con todo mi corazón... por favor mami, no me matees!”, respondía asustado. Por unos segundos, preso del cansancio, se detuvo. Volteó para ver a su madre cuando sintió que un pedazo de madera le impactaba en la nariz, bañándolo en sangre. Reinició su huida considerando que ya no se trataba de esquivar el dolor de una correa sino de salvar la vida. Pero su precoz fortaleza física no podía competir con el de la mujer que lo seguía muy de cerca. Al final fue alcanzado y masacrado a golpes, teniendo como mudos testigo a las plantas y bichos del jardín que cada tarde arropaba la alegría de Camilo.

El dolor que el pequeño bosque sintió por lo que le sucedía a su pequeño hijo fue tan grande que las frutas aun verdes empezaron a desprenderse de las ramas; los árboles y las “lianas” fueron secándose; las flores rojas lloraron el líquido lechoso que solía beber Camilo formando una gran sabana de flores blancas como el alma del inocente niño. Las hormigas interrumpieron la faena diaria, regresando al hormiguero para lamentar lo sucedido; las mariposas dejaron de volar inquietas; las pequeñas aves enmudecieron su canto. Aquel paraíso se había convertido en un averno.

Desnudo, bajo la regadera de la ducha, el pequeño soñador se lavaba el dolor con agua fría evitando tocarse las marcas que el cuero le había dejado como huellas digitales del maltrato infantil. “Yo te quiero pero cuando te portas mal tengo que castigarte”, le argumentaba su madre mientras lo encerraba en su habitación. Sentado en el borde de la cama observó el crucifijo que colgaba sobre su almohada, se bajó del lecho, arrodillado en el suelo juntó las manos, cerró los ojos, inclinó la cabeza y le dio gracias a ése Dios indolente por haberlo salvado de morir.

Al día siguiente se levantó muy temprano y fue hasta la habitación de sus padres, abrazó a su madre diciéndole: "Mami te quiero mucho"; luego abrazó a su padre: "Papi, tu eres mejor que superman", le dijo intentando halagarlo; se despidió con un beso y corrió hasta la terraza para contemplar su inmenso vergel. La candidez de Camilo volvió a llenar de magia y color a aquella naturaleza que el día anterior intentara suicidarse al ver su tragedia.

Con el tiempo, Camilo se alejó de su familia. En la distancia, empezó a perdonar el pasado agradeciéndole a la vida por permitirle vivir tal experiencia y aprender cómo no se debe tratar a un niño.







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