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La verdad oculta

Bahia de Chimbote

Un domingo por la mañana, Willy y sus amigos jugaban un partido de fulbito en la arena del malecón chimbotano. Cada uno imaginaba ser el crack del club de sus amores. Él, poseía una rara habilidad: era diestro para escribir pero utilizaba la pierna izquierda para dominar el balón. Soñaba ser, algún día, igual al futbolista peruano Cesar Cueto, "El poeta de la zurda". La pelota iba y venia como las palabras groseras entre los infantes que apenas llevaban una docena de años de vida. Ocho críos, agrupados de a cuatro, se enfrentaban tenazmente en una batalla deportiva en la que se jugaban el honor, los billetes hechos con las envolturas de las cajetillas de cigarros (cada marca tenia un valor diferente), además de las canicas.

Muchos pescadores, sentados al borde del campo imaginario, alimentaban la bravura de los muchachitos con sus aplausos o pifias. Dentro de este conjunto de hombres de mar: ataviados con camisetas viejas y pantalones cortos llenos de escamas, destacaba la presencia de un hombre con porte atlético vestido impecablemente: guayabera blanca, pantalón de color blanco humo, sandalias del mismo color y gafas oscuras; era su padre. Fingió no verlo entre la multitud aunque rebosaba de felicidad, tampoco escuchar a sus amigos que le repetían: “Chochera (amigo) tu viejo”. Transcurridos varios minutos el elegante caballero se retiraba al llamado de su compañera de toda la vida, una hermosa mujer de mediana estatura.

Terminado el juego, los hombres de mar volvieron a sus chalanas, cada uno a sus labores de mantenimiento. Los pequeños futbolistas, extenuados por el fragor del deporte, se sentaron en la arena a recordar sus acrobacias peloteras, sin repartirse premio alguno por haber terminado empatados. “Willy, que chévere tu pá que viene a chinearte (verte)”, le dijo uno de ellos. “Como quisiera que así fuera mi viejo”, le manifestó otro muchachito del grupo. Él sonreía orgulloso. Sus amigos guardaban admiración y respeto por su padre, decían: “El señor todo lo sabe y es amigo de todos”. Terminada la plática se remangaron los pantalones, colgaron las tenis en el hombro y caminaron por la orilla del mar inventando juegos, hasta que una escandalosa voz reclamando a uno de los chiquillos les recordó que era la hora del almuerzo. Se despidieron con la promesa de reencontrarse por la tarde en la esquina del cine.

Al llegar a la puerta de su casa se puso a tocarla como si ésta fuera una tumbadora. “¿Cuál es tu desesperación?”, le reclamó su madre al abrirle. Lo enviaron a tomar una ducha y cambiarse de ropa. Willy, tenía la costumbre de entrar al baño con una radio portátil y sintonizarla a todo volumen mientras le hacia el coro a la canción que brotaba del pequeño aparato todo el tiempo que duraba su higiene corporal.

Su hermana, dos años menor, sentada en uno de los muebles de la sala, observaba los archivos de su padre, leía sin entender los documentos que en cada uno de los folder estaban ordenados. Dentro de todos estos papeles hubo uno que capturó su atención, no podía entender lo que allí se decía, la inocencia propia de su edad era mayor que su capacidad para comprender la importancia de aquel documento que el destino había puesto en sus manos para convertirla en mensajera de una delicada noticia.

Con el cuerpo limpio y la toalla envuelta en la cintura caminaba hacia su habitación. “Willy, ven mira”, escuchó decir a su pequeña pariente desde donde se encontraba. “Espera, me visto y voy”, respondió despreocupado. Ataviado con una camiseta de color rojo, pantalón bermudas de color azul, sandalias negras, y el cabello ensortijado fue al encuentro de su hermana. ¿Qué quieres?- Mira esto, respondió ella señalando con el dedo índice sobre una fotocopia. Él, de pie, tomó entre sus manos el folder donde se encontraba archivado aquel papel y empezó a leer. La niña lo observaba en silencio. Un mutismo absoluto envolvió a los hermanos. De pronto, los ojos del chico feliz se tiñeron del color de la tristeza. Su rostro, se fue desencajando acompañado de un incontrolable temblor en los labios. Avanzaba en la lectura y sentía que una inmensa ola revolcaba su vida hasta terminar por ahogarla. Su corazón se aceleró impresionantemente como queriendo huir de su pecho. Soltó la carpeta con la hoja sobre el sillón y corrió llorando rumbo a su habitación. La verdad oculta acababa de ser descubierta.

Velozmente, la nena, fue hasta la cocina en busca de su madre para contarle que le sucedía a su hermano. Mamá, Willy esta llorando - ¿Por qué? – No sé, estuvo leyendo un papel de la biblioteca – Vamos para que me muestres cuál. Cuando la madre vio lo que su enano había leído sintió venirse todo el universo al suelo. Mandó a su hija a jugar con su hermano menor para distraerla, luego apurada buscó a su esposo. Él, leía una revista internacional en la cama cuando ella ingresó a la alcoba con el rostro evidenciando preocupación. ¿Qué pasa? – Ya se enteró - ¿De qué? – Acaba de leer su partida de nacimiento y esta llorando en su habitación. De un brinco se puso de pie, abrazó a su esposa tratando de calmarla. “¿Qué vamos hacer?”, preguntó la mujer. “Esperemos a que se calme un poco y luego iré a conversar con él”, respondió. “Primero lo haré yo”, propuso ella.

Willy, tumbado en la cama no cesaba de llorar amargamente. Miles de preguntas invadían su atormentado cerebro. En tan solo unos minutos su tierno mundo se había movido bruscamente desatando una terrible catástrofe emocional. Su mamá, nerviosamente tocó la puerta del cuarto. ¿Quién es? – Yo papito - ¿Qué quieres?, respondió lleno de rabia – Tenemos que hablar – No quiero hablar con nadie... ¡Déjenme solo! – Mi amor, no me voy hasta que no charlemos. Desde su lecho miró fijamente la puerta, dudando por un instante, se levantó, con paso pausado se acercó hasta la entrada para permitir el ingreso de su madre. Ella intentó abrazarlo pero él prefirió esquivarla volviendo rápidamente a la cama para continuar con las compuertas de su corazón totalmente abiertas para que su corazón dejara correr su dolor traducido en llanto.

Su madre se sentó al lado suyo y con la mano izquierda empezó a acariciarle el cabello. Willy, lloraba con la cara hundida en la almohada. El sufrimiento que en ese instante sentía el mayor de los niños era algo que sus padres siempre habían evitado. Ella, deseaba poder ocupar el lugar de su hijo con tal de devolverle la alegría y la paz al alma de su inquieto nene. Transcurridos algunos minutos –que se sintieron como eternos- un ahogado “¿Por qué nunca me contaron nada?” se dejó escuchar en aquel espacio. “Mi amor, tu padre y yo solo esperábamos a que crecieras un poco para que pudieras entender”, respondió acongojada. Acaso no estoy bastante grande - Sí, además eres inteligente - ¿Por qué me mintieron? - Nunca te mentimos en nada... tu papá y yo te queremos mucho.

Brevemente la ausencia verbal se apoderó por unos segundos de la recamara, hasta que la matriarca del hogar decidió contarle la verdad: “Tenía dieciséis años cuando conocí al hombre del que me enamoré con toda la ilusión de una niña, pensé que aquella relación seria para siempre. Al poco tiempo quedé embarazada de ti. Tu llegada a este mundo me llenó la vida de felicidad: tu carita colorada como un camaroncito –Willy sonrió entre lagrimas-, tus ojos grandes observaban todo como si buscaran algo que habías olvidado en algún lugar, le sonreías a todos, siempre fuiste un coqueto, cubierto con tu roponcito parecías un muñequito de porcelana. Pero el encanto se rompió a los seis meses de tu nacimiento, el que decía querernos se marchó sin decir nada, un día salió y nunca más regresó. Nos tocó salir adelante solos, tú eras mi fuerza. Luego conocí al que en verdad se ha portado como un padre desde que te conoció”, entre sollozos finalizó la historia. Se acomodó en la cama, abrazó a su hijo y juntos lloraron, unidos como cuando ella era una adolescente y él un bebé.

Luego entró su padre quien por un momento guardo silencio, la madre al verlo se puso de pie ofreciéndole su lugar. Se ubicó muy cerca del pequeño. Willy se sentó y con su carita de pena le preguntó el por qué no le habían cambiado de apellido. “Tu madre y yo muchas veces conversamos del tema y decidimos esperar a que crecieras para que los tres tuviéramos una plática menos dolorosa para ti. No te cambiamos el apellido porque creímos que tenías el derecho de conservarlo, te imaginas si algún día él volvía a tu vida y te enterabas que otro era tu apellido, entonces creerías que siempre quisimos mentirte”, le respondió. “Pero, yo quiero llamarme igual que tu”, refutó. “Hijo, con apellido o sin él eres y siempre serás mi hijo. Yo te quiero tanto como a tus hermanos. Me duele verte triste. Somos tu familia, jamás estarás solo. Tu madre y yo daríamos la vida por ti y por tus hermanos...”, la voz se le quebró, lo cobijó con fuerza entre sus brazos sin poder contener el llanto. ¿Papá los hombres no lloran? También lloramos cuando se quiere como te quiero, respondió.

Pidió quedarse a solas para pensar un poco. Acompañado del silencio de la soledad recordó lo bueno que aquel hombre, al que siempre conoció como papá, había sido con él; las veces que junto a su madre se trasnochó cuando estuvo internado de gravedad en alguna clínica; lo interesante de sus charlas; lo orgulloso que se sentía cuando sus amigos le revelaban la admiración por su padre; pensó en su hermanos; se pregunto de cuanto habría sufrido su madre cuando los abandonaron; al fin comprendía la razón del por qué aquella dama se trasformaba en una fiera indomable cuando alguien osaba tocarlo. Aunque le resultaba difícil beber aquel trago amargo que el destino le servia fue asimilando con admirable serenidad la dura realidad. Abandonó la recamara y se reunió junto a su familia para almorzar en armonía. Comió en silencio, sonreía esporádicamente con las bromas de sus hermanos, y no olvidó de hacer sus travesuras en la mesa (en un descuido cogió parte de la presa del plato de su hermana); terminada su ración pidió permiso a sus padres para ir a la playa, ellos aceptaron.

Caminó hasta el mismo lugar en donde jugara por la mañana junto a sus amigos, se sentó en la arena observando por varios minutos la tranquilidad del mar, sus ojos volvieron a lagrimear, y desde la profundidad de esa neblina con la que la tristeza cubre el alma recordó una frase que en alguna novela escuchara: “Padre no es el que engendra sino aquel que se preocupa de que cada día de tu vida sea el mejor”.

Nuevamente se puso de pie, sin desviar la mirada del mar y de las gaviotas que sobrevolaban sobre las bolicheras en busca de alimento; formó una cruz con los dedos, la beso, luego expresó en voz alta: “Juro por ésta que algún día encontrare al cobarde de mierda que se burlo de mi madre”.

Poco antes de regresar a casa elevó la mirada al cielo y dio gracias a Dios por darle el nuevo padre que tenía, el amor de su madre, y los hermanos que formaban su familia.

El tiempo se encargó que Willy cumpliera aquel juramento escribiendo un nuevo capitulo en su existencia. Convencido que en la vida el destino mueve sabiamente sus fichas continúo alimentando el amor por sus padres.


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Los pequeños piratas

Antigua playa de Chimbote

Cada vez que escucho algún bolero del trío "Los Panchos", o a la orquesta de Pault Mauriat, inevitablemente me vuelven los recuerdos de infancia en la casa que mis progenitores tenían en el malecón Grau, de la ciudad de Chimbote: mis padres sentados en la sala escuchando su música preferida; mis hermanos jugando en sus habitaciones o en el patio; yo, "clavado" en la ventana observando como la penumbra de la noche digería aquellas grandes embarcaciones pesqueras que se enrumbaban mar adentro. A lo lejos, alcanzaba a divisar el extenso muelle débilmente iluminado, frente a él a las bolicheras esperando el aviso de la capitanía para encender motores y lanzarse a la faena nocturna.

Mi padre: un hombre de porte atlético, cabello ondulado, bastante bien parecido, siempre con sus anteojos de carey, y su reloj de números romanos con correa marrón en la muñeca izquierda, era el responsable de mantener en perfecto estado las sondas y radares de las inmensas embarcaciones. Éste caballero tuvo la genial idea, cuando aun vivíamos en otra ciudad portuaria, de permitir que desde los cinco años lo acompañara en la "panga" (remolque marítimo) que lo trasladaba desde el muelle hasta estas moles de metal para familiarizarme con su trabajo –según decía él- pero lo que consiguió fue que el mar y yo quedáramos más unidos que una madre a su hijo. Digamos que a diferencia de muchos infantes primero aprendí a trasladarme en una embarcación que a manejar una bicicleta.

Cuando llegamos a nuestro nuevo hogar en el malecón Grau los primeros amigos que tuve fueron hijos de pescadores. Estos niños que siempre traían un aliento a pescado frito me llenaron la cabeza de historias sibilinas relacionadas con el mar. Por ejemplo, me hablaron de un jinete vestido completamente de negro montado sobre un corcel del mismo color que en alguna noche vi o creí ver cabalgando por la arena frente a mi casa... cosas de críos. Con ellos por primera vez jugué fulbito en plena pista con dos grandes rocas por arco. Aprendí mis primeras palabras soeces y malas mañas que en casa mi madre se encargaba de corregírmelas a punta de correa.

Junto a mis nuevas amistades, desde una distancia prudente, hacíamos un reglaje a los pescadores artesanales que confiados dejaban sus botes en plena bahía, sobre la arena, y debajo de estas naves de madera los remos. Uno de nosotros se encargaba de seguir al pescador elegido para confirmar que se encontraba lejos y así poder apoderarnos por un largo rato de sus barcas. Entre todos la empujábamos hacia el mar, luego por turnos nos sucedíamos para remar. Al final del paseo regresábamos la pequeña lancha "prestada" a su lugar de origen, y nos marchábamos con el juramento de no delatar nada de lo sucedido. Por suerte jamás aconteció accidente alguno. Pensar que esto lo hacíamos con apenas diez años. Aunque hubo ocasiones que fuimos descubiertos en plena travesura marina y el o los pescadores nos dieron una "catana" (golpes) como para ahuyentarnos de aquel juego peligroso.

El malecón Grau que llegué a conocer aun tenía un gran espacio de arena que separaba al mar de la parte peatonal, eran tiempos en que la inseguridad ciudadana no era tan endemoniada como en la actualidad. Sobre el color plomizo de la arenilla de la playa chimbotana muchos carpinteros construían embarcaciones de madera, de regular tamaño, a la luz del día. Al marcharse dejaban sus herramientas dentro de estos esqueletos de madera para continuar trabajando al día siguiente. Nosotros, los pequeños piratas, invadíamos por las noches estas barcas a medio terminar para convertirlas en santuarios de nuestras fantasías. El eco abrumador de las olas bravías y el silbido fantasmal del viento filtrándose por los finos espacios, entre los tablones, inspiraba a los más inocentes a imaginar que eran Simbad el Marino; los demás nos dedicábamos a fumar cigarrillos sin filtro, marca "Inca": raspaban el pecho hasta la tos, y después de cuatro pitadas ya estábamos totalmente mareados. Además de fumar y contar leyendas, nuestros temas giraban en torno al sexo: del escote de la maestra, de las nalgas de tal o cual señora, o vecinita a la que ya se le empezaban a notar ciertos cambios en su anatomía.

El tiempo pasó, con él se marcharon por distintos caminos aquellas amistades, los recuerdos quedaron pero el malecón cambió. Cada vez que he podido observar la orilla desde una bolichera, mientras el fuerte viento me peinaba el cabello a su antojo, mi cerebro ha reestrenado una película en sepia en la que los personajes son muchos niños que sin importarles las diferencias sociales jugaban como hermanos sin medir el peligro, o el límite entre la travesura y lo delictivo. Sobre este pasado hermoso se construyó el moderno malecón Grau, un corredor turístico orgullo de los chimbotanos.


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Sucedió en la playa de Besique


Cuando era un adolescente me tocó vivir uno de los momentos más bochornosos de mi vida, de ésos que pasado algún tiempo y el peligro lo recuerdas como una anécdota.

El protagonista, en aquél entonces era un joven de apenas quince años: delgado, de mirada seductora, labios sensuales y con una sonrisa pícara (insinuadora), digamos que aceptable a los ojos femeninos, en todo caso así me veía en el espejo o así quería verme. Bueno, aquél "Adonis" está por demás decir que era yo. Lo cierto es que era un joven romántico –hasta ahora lo soy- y vivía enamorado de cuanta niña hermosa se me cruzara por el camino, nunca escatimaba esfuerzos por conseguir robarles unos besos.

Cierto día de verano, el grupo de amigos organizó un paseo a una de las playas cercanas al distrito de Chimbote, en el norte del Perú, llamada "Besique". Todos irían con su pareja, además invitarían a algunas amigas para los que estábamos sólos. Llegado el día nos reunimos en el paradero de los autobuses a la hora acordada, diez de la mañana, en la plaza 28 de Julio (hoy Plaza Miguel Grau). Dentro del vehículo cada uno se acomodó de acuerdo a su conveniencia. Yo le había echado el ojo a una mocita muy guapa. Durante toda la hora que duró el trayecto conversamos, nos reímos y por ahí una que otra tocada de mano. El día era caluroso y pintaba excelente.

La playa de Besique estaba rodeada de una cadena interminable de cerros. A muchos metros del mar se alzaban una hilera de pequeños restaurantes rústicos, administrados en su mayoría por pescadores artesanales. Colindante con el océano se hallaban unos grandes peñascos (cerros de piedra). El lugar era inmenso y alejado de la civilización.

Apenas descendimos de la chatarrita que nos había transportado hasta nuestro paraíso juvenil, empezamos a emparejarnos, lógicamente yo iba con la niña que me había deslumbrado desde un inicio. Entre toda la collera (amigos) elegimos dirigirnos a una pequeña bahía cercana, quince minutos caminando, para lo que se debía cruzar un gran cerro de arena y piedra. Iniciamos la marcha. Unos iban echando relajo, otros demostrando sus dotes de orador – entre ellos éste humilde parroquiano - y los demás jugando a la pega (tocar con la mano a quien se persigue a las carreras), aunque para ser sincero éste jueguito servía para tocarles las nalgas a las muchachitas.

Ya enfrente de aquella encumbrada colina arenosa empezó el ascenso. Los varoncitos sudorosos, agitados pero con la cabeza llena de ilusiones tratábamos de mostrar nuestra mejor sonrisa. Estábamos en la mitad del camino cuando alguien gritó:- ¡Por acá hay un atajo!- Todos nos dirigimos hacia aquel camino que nos ahorraría el desgaste físico. La trocha medía aproximadamente entre cincuenta o sesenta centímetros de ancho, bordeaba todo el cerro y se encontraba a una altura de 30 metros o más desde el nivel del mar. Uno a uno iniciaron el recorrido pegando la espalda al cerro, guardando el equilibrio con gran sangre fría. No había andarivel que nos protegiera del peligro de caer sobre las peñas que azotaban las olas.

Todo estaba "chévere" (bien) hasta que tocó mi turno, al igual que los demás avancé, poco a poco, lentamente, evitando mirar hacia abajo. Llevaba un poco más de la mitad cuando los nervios me traicionaron y sentí como si el cuerpo se me fuera hacia delante, pegué con fuerza la espalda al cerro, por más que intenté avanzar, no pude, mis piernas no obedecían las ordenes de mi cerebro; entré en pánico. Mis amigos al percatarse de mi situación empezaron a alentarme: ¡Vamos, Javier tu puedes! ¡Tranquilo amigo! ¡Avanza de a poquito Javi! Todo fue en vano. Cuando la circunstancia se tornó desesperante fueron en busca de ayuda.

Desde donde me encontraba, envuelto entre el miedo y la vergüenza, la observé, estaba con su carita triste, preocupada, con esos ojitos llorosos... la vi rezar.

Después de un buen rato llegaron los súper héroes, eran pescadores acostumbrados a desafiar el peligro, se armó todo un operativo. Uno se me acercó por el lado derecho y otro por el lado izquierdo, ambos estaban sujetos por cuerdas desde arriba, parecían alpinistas, uno de ellos traía una gruesa madera que luego cruzo fuertemente a la altura de mi pecho, cada uno sujetaba en un extremo. Me ordenaron con voz firme avanzar. Nuevamente me volvió la confianza y avancé lentamente los aproximados siete metros que faltaban para salir de aquella pesadilla. Al final llegaron los aplausos y toda manifestación de alegría de parte de la gran multitud de curiosos que para entonces se habían congregado. Emocionado agradecí a cada uno de éstos valerosos hombres de mar, los mismos que me llevaron hacia un rincón y me dieron una “gran puteada” advirtiéndome que no volviera a intentar nuevamente aquella acción. Calculo que todo duró algo más de dos horas desde el inicio de aquella bochornosa situación hasta el rescate.

Pasado el susto toda la pandilla terminamos el descenso hasta la pequeña bahía. Ya instalados surgieron los comentarios, nos bañamos, nos divertimos hasta que nos dieron las cinco de la tarde, hora de regresar. Todos volvieron a cruzar por el atajo, a mí me tocó subir y bajar aquel gigantesco cerro; ya lo dice aquel refrán: "Mas vale prevenir que lamentar".

Nunca llegué a sentir los labios de la niña que tanto me había ilusionado, solo pude tomarla de la mano durante nuestra estancia frente al mar. Jamás la volví a ver desde aquél día.


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Chimbote: La leyenda del "Ahogado"

Malecón Grau de noche

Crecí como muchos "chibolos" (niños), que vivieron en el malecón de Chimbote, escuchando historias de fantasmas y brujas -algunas veces me las creí-; asustado pasé muchas trasnochadas siempre alerta para salir volado por si algún espectro despistado venía a visitarme. Cuando descubrí que todo era puro cuento, una farsa de los mayores para mantenernos alejados de algunos sitios, empecé a inventar mis propias historias que luego se las relataba a la collera (amigos), llegando incluso a jurar "por diosito" con tal que se tragaran el cuento y esa noche sufrieran de insomnio.

Mi infancia y adolescencia transcurrió viviendo frente al mar, observando a diario: las islas, pelícanos, gaviotas, lanchas, redes, respirando la brisa marina; con el cabello alborotado por el fuerte viento y escuchando conversaciones de pescadores. Una de las leyendas más populares en ese pequeño y hermoso mundo era la del "ahogado", en ella se decía que cuando una persona moría ahogada su alma salía por las noches a vagar por la orilla de la playa en busca de algún incauto. Si escuchabas su lamento muy lejano significaba que se encontraba ya a espalda tuya pero si este mismo lamento se oía cercano aún estabas a tiempo de echarte a correr. Cuando ya no había escapatoria decían que la única forma de hacerle frente era rezar en voz alta, tan fuerte como pudieras, sin acobardarte, y jamás meterte al mar o demostrarle miedo de lo contario empezarías a convulsionar votando espuma por la boca. Los hombres de mar aseguraban haberse topado cara a cara con el mismísimo "ahogado" o visto algún difunto lleno de espuma como perro rabioso tendido en la arena.

Una noche acordamos con los amigos del barrio o la cuadra –según el país- camuflarnos entre las redes que los pescadores dejaban secando a la intemperie -inmensas sabanas de hilo oscuro que cubrían el extenso malecón- para ver al famoso "ahogado". Las horas avanzaban, el miedo crecía pero ahí estábamos agazapados los cazafantasmas infantiles, estoicamente esperando la llegada del espectro. El sepulcral silencio de la bahía era roto cada cierto tiempo por el reventar de las olas bajo un cielo estrellado como testigo. De pronto una voz enfurecida nos hizo saltar el corazón: ¡Javierrrrrr…! ¡Aparece de una vez si no quieres que te encuentre! ¡¿Ya estas aquí?... A la unaaa, a las dosss y a las tresss!... Inmediatamente salí de mi escondrijo playero, era mi madre que me andaba buscando. Así quedó truncada la que pudo ser una de las gloriosas hazañas de mi infancia.

Como buen nacido bajo el signo de leo no me di por vencido, después, en otra noche, amanecí observando el mar desde mi ventana, escondido tras la persiana pero nunca apareció el famoso pariente de "gasparin". Entonces decidí ahogar la leyenda en mi mundo de fantasías. Lo rescatable de esta experiencia de "chiquititu" fue el recuerdo que me quedó de la trasnochada: el canto de las gaviotas por la mañana, el sonido de suaves palmadas marinas reventando en la orilla, un cielo celeste de la mano de un tímido sol, el particular aroma de la brisa que tenía el amanecer al filtrarse por el ventanal de mi sala, y la imaginación singlando frente a las islas.


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Chimbote: El Malecón Grau de mis recuerdos.

Antiguo Malecón Grau

Caminar por cada cuadra que forma parte del Malecón Grau, en la ciudad de Chimbote, me significa inevitablemente volver a circular por un pasado lleno de bellos recuerdos. El Malecón atesora en cada una de sus casas, veredas, bancas y piedras a un testigo privilegiado de tantas historias de amor, "mataperradas" de niños, aventuras de adolescentes, frenéticos partidos de fulbito y noches de bohemia juvenil. Desde el hotel de turistas hasta el Varadero.

El Malecón que conocí tenía algunas palmeras -frente al hotel de turistas - y arena. Desde la bahia, sobre el mar, danzando en el aire, se podía ver el vuelo de los pelícanos, gaviotas, pardelas y patillos; era impresiónate apreciar en el piélago a los bufeos y "chanchos" marinos.

Tenía ocho años cuando llegué a "chimbotito", un año después del devastador terremoto del 70 que desapareció el pueblo de Yungay. Aquel penetrante olor que despedían las fábricas de harina de pescado fue lo que dio la bienvenida a mi familia, luego fue la fuerte brisa marina la que golpeó mis pulmones. Nuestra casa estaba a unos metros del mar que se convertiría en mi vida. Por años, fui testigo en el muelle chimbotano de la salida y llegada de tantas bolicheras. Desde mi ventana vi hermosos amaneceres y arder el cielo en el ocaso. Infinidad de veces, montado en una "chalana", junto a los amigos de infancia navegamos frente a las islas guaneras, mientras nuestra mente infantil volaba en la imaginación con el corazón acelerado creyéndonos piratas.

Antes de abordar el extenso rompeolas de la bahía chimbotana está el Jr. Huanchaquito, frente al Varadero -entre los amigos solíamos comentar que allí vivía la gente brava. Iniciando la primera cuadra del Malecón está el Jr. Guillermo Moore, un lugar que conocíamos por estar habitado por "gente de mar". Al terminar la primera cuadra del Malecón comienza el Jr. Sáenz Peña, conocido por celebrar, año tras año, de manera espectacular la fiesta de la "Cruz de Motupe".

Entre el Jr. Sáenz Peña y el Jr. Carlos de los Heros existía "la ramadita", acá llegaban todas las pequeñas embarcaciones artesanales para descargar la pesca del día. Cada mañana era una pequeña feria, una improvisada mini terminal pesquera, donde se podía encontrar una gran variedad de peces. Completaban este mágico mundo las vendedoras de cebiche, las vendedoras de "champus" (desayuno hecho a base de maíz servido en grandes tazas), las vendedoras de "cachanga" y el clásico panadero ofreciendo el pan francés o el "Peter pan" (pan de yema).

Finalizando la segunda cuadra del malecón empieza la primera cuadra del Jr. Carlos de los Heros, allí todos los años llegaba un misterioso señor a proyectar en un gran muro amarillento las mismas películas antiguas en blanco y negro. A la cuadra siguiente, en el Jr. Enrique Palacios, estaba el colegio de primaria "Sagrado Corazón de Jesús" donde cursé parte de mis estudios.

Luego, el Jr. Villavicencio, ésta calle era nuestra "canchita" de fulbito, dos piedras por arcos y unos partidos que eran a morir. Siempre caminando por el malecón llegamos a lo que era la "canchita de repuesto", cuando los mayores nos ganaban la pista de la cuadra anterior, el Jr. Elías Aguirre.

En la cuadra siguiente, el Jr. Manuel Ruiz, estaba la casa de madera color verde de un gran amigo de la secundaria. Finalmente, en el Jr. José Gálvez, frente a la Plaza Miguel Grau (en mis tiempos Plaza Chimú), se hallaba la discoteca “El Pelicano” que pertenecía al Hotel de Turistas, convertido por los amigos del colegio en el punto de encuentro de cada viernes o sábado.

El Malecón Grau de hoy es un bello mirador turístico por donde orgullosamente pasean jóvenes enamorados, familias o simplemente amigos que buscan deleitar la vista en lo que alguna vez fue considerado como el primer puerto pesquero del mundo. Cuadras frente al mar que por siempre conservarán celosamente mis mejores años.


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