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2012: Nuevamente vuelvo a volar


Mucha agua corrió por debajo del puente desde la última vez que me senté a ficcionar con los recuerdos. Fueron numerosos los problemas que me tocó enfrentar. Cada día bregando con las horas negras, teniendo como fin supremo alcanzar tiempos mejores. En el inmenso museo que es la vida he podido apreciar bellos cuadros, también vidas pintadas con los colores del pesimismo y la envidia. El tatuador invisible de la desesperación intentó dibujar en mi mente recuerdos con tinta echa a salivazos.

El mejor plato que pude servirme, mientras me escondía buscando soluciones, fue el de la amistad de quienes nunca imaginé. Retoqué el maquillaje amical de viejos conocidos que desde algún tiempo andaban perdidos. Vi amanecer la indiferencia de "amigos" que eran enemigos persignándose y golpeándose el pecho en la liturgia dominical.

Cuando la idea absurda encendió en su semáforo la luz roja para detenerme lo crucé con el pie pegado al acelerador de la razón. Mi carácter impulsivo e impaciente mudó de piel por el de la serenidad, mesura y reflexión. Corriendo tras de mí venía la depresión, nunca pudo alcanzarme porque cada día triste lo vestí de esperanza. Logré cimbrear las horas amargas con mucho buen humor.

El año que se fue me dejó grandes lecciones además del convencimiento que siempre se puede ser un ganador por muy desesperante que sea nuestro escenario. Tengo en la memoria la alegría de haber pasado lo que me tocó vivir porque fue una escuela de la que pude graduarme con honores. Tal vez nunca seré un ejemplo para nadie, pero sí el reto de alguna persona que al recordarme dirá: “si él pudo por qué yo no”.

El 2012 no será un año en el que vaya a plantearme nuevos objetivos, sino el de corregir mis estrategias para alcanzar los objetivos que se quedaron truncos en el camino. El difunto calendario me dejó por herencia la claridad de reconocer a los buenos amigos que se preocuparon por mi situación, aquellos que siempre llevan un halo de energía positiva.

¡Gracias!... A todas aquellas personas que fielmente han continuado visitando el blog de éste chimbotano, ya que a pesar de no encontrar un texto nuevo siempre dejaron un mensaje de aliento. Igualmente llevo en mi corazón a todos los blogueros que se ofrecieron a ayudarme económicamente, pero necesitaba demostrarme que podía salir solo de la tormaneta en la que me encontraba, sin molestar a nadie.

Alejado de la prosa, del verso, de este mar de letras, estuve pescando historias nuevas de gente que conocí en cada puerto donde anclé mi barca. De nuevo estaré entregándoles mis recuerdos, mis composiciones, mis crónicas, y todo ese mundo que mis neuronas suelen crear para deleite de los lectores de "Crónicas desde el malecón".

Mis alas sanaron sus heridas y hoy nuevamente vuelvo volar.



Tu opinión es importante.


Historia de un mismo amor


Será de mañana cuando me vaya.
Mi alma volara por sobre el mar.
Lloraras mi ausencia.
Sonreirás agradecida por el pasado cuando me recuerdes.
Observaras la luna dibujando en ella mi rostro.
Volveré de donde esté para acostarme a un ladito de tu corazón.

Tus labios besaran otros labios.
Tus manos acariciaran otro cuerpo.
Mi imagen será cada día más lejana de tú memoria.
En la repisa, mi foto ya no estará junto a la tuya.
Una nueva canción reemplazará a la que fue nuestra.
Te arreglaras apuradita para asistir a una nueva cita.

Otro techo cobijara tú alegría.
En la mesa otro rostro corresponderá tú sonrisa.
Serán pajarillos divirtiéndose en primavera.
Tú vientre dará espacio a una vida nueva.
El día especial llegará, al nacer volverán a jurarse amor eterno.
Los años se irán como un soplo.

El tiempo blanqueara tú cabello.
Mi nombre será el imperceptible tañido de un lejano campanario.
Mis cenizas navegaran en el mar.
Tú cuerpo descansará en algún campo santo.
Ellos llorarán tú partida repitiendo:
"Nacimos para morir y moriremos para volver a estar juntos".

Ellos y yo tendremos en común haberte amado por igual.
Ellos tendrán la esperanza de volverte a reencontrar en la otra vida.
Ellos conservaran tú foto en un lugar especial dentro de casa.
Yo te veré llegar a mi mundo.
Yo te veré esperar la llegada de ellos.
Yo seré feliz observándote, aferrado a mis recuerdos.

Ellos, tú y yo seremos parte en la historia de un mismo amor.




Tu opinión es importante.

El mayor de los halagos


Al llegar a Chimbote lo primero que mis padres hicieron fue buscar un buen colegio para que sus hijos tuvieran la mejor educación de la ciudad. A mi hermano menor y a mí nos tocó formarnos en un colegio solo para varones, dirigido por sacerdotes de una congregación italiana. A mi hermana la ubicaron en un centro educativo administrado por religiosas, exclusivo para mujeres. Hoy, los tres hermanos estamos felices y agradecidos con nuestros padres por el gran acierto de elegir la escuela que nos albergó en sus aulas por muchos años, orgullosos de ser sus exalumnos.

Fue en esta etapa de colegial que sucedió algo que nunca olvidé porque se convirtió en uno de los recuerdos infantiles más importante de mi vida.

Por las mañanas, los alumnos llegaban al colegio puntual a la hora de ingreso. A diario se escuchaba por los parlantes la voz de mando del regente –un ex policía- exigiendo a la formación: orden y disciplina en el patio principal. Terminada la ceremonia matinal el alumnado ingresaba a sus aulas, todos excepto yo que como cada día salía temprano de casa pero llegaba tarde –siempre encontraba un motivo para entretenerme en el camino-. A los "tardones" nos tocaba esperar en la calle hasta que volvieran a abrir la puerta para poder ingresar. Entregábamos nuestra libreta de control y nos anotaban el numero dos que significaba tardanza, la idea era que cuando nuestros padres lo vieran nos aplicaran un castigo ejemplar, algo que mi viejita linda cumplía con estricta obediencia. Una vez que nos apuntaban el número fatal con bolígrafo rojo el regente nos estampaba un golpe con la regla de metal que nunca olvidaba, su zona preferida era la espalda o las piernas. Con el tiempo a este buen hombre, que solo cumplía su trabajo, le cogimos un gran cariño porque pasado ese momento era un gran amigo.

Fue en una de esas mañanas que a toda prisa subí al salón –era la primera aula en el segundo piso-, toqué la puerta con cierto temor. La figura de un joven de baja estatura apareció en la entrada, nos saludamos, y éste con el rostro adusto me invitó a pasar. Mientras ubicaba mi carpeta los compañeros de clase bromeaban a mi paso. Era el profesor de literatura quien en ese momento dictaba su clase. La mayoría prestaba atención a las explicaciones del educador pero un grupo, más relajado, nos entreteníamos en otras cosas. Minutos antes de finalizar su hora, el "profe" nos dejó como tarea escribir un cuento para la siguiente fecha: tema libre.

Las horas pasaron lentamente hasta que el timbre sonó estruendosamente anunciando la salida. El inmenso portón del patio central se abrió de par en par y el alumnado, como reos que ven la oportunidad para fugarse, salió a todo tropel. Ya en la calle formábamos grupos para acompañarnos buena parte del camino de regreso a casa.

En mi habitación tenía un pupitre de madera –regalo de mis padres, imagino que ilusionados lo compraron para darle comodidad al futuro profesional- que ocupaba generalmente después de las cinco de la tarde para realizar los trabajos que nos dejaban en el colegio. Ese día, cogí mi cuaderno de apuntes, empuñé el lápiz como un pintor a su pincel para dar los primeros trazos en su lienzo. Eché a volar la imaginación, la sola idea de redactar un cuento de mi autoría me emocionaba, por primera vez sentía que haría algo que me agradaba. Pensé en el mar, en las plantaciones cerca de la ciudad, en el cementerio… pero nada fluyo.

Al día siguiente por fin pude pescar una historia: escribí, borré, corregí cada renglón; era un loquito concentrado. Mis padres se asombraban de verme pegado a mis papeles. Cuando faltaba poco para terminar el texto volví a releer lo avanzado y descubrí que no me gustaba, que tenía muchos errores. Estallé en cólera y empecé a romper todas las hojas. Con el rostro lleno de rabia fui donde mi padre para pedirle permiso e ir a caminar por el malecón. Él, que me conocía bien, intuyó que algo malo me estaba sucediendo y en mi ausencia se dirigió a mí cuarto. Lleno de curiosidad ingresó a la recamara, grande fue su sorpresa al ver muchas hojas rotas esparcidas por el piso. De regreso a casa me preguntó el por qué había destrozado mi trabajo, le respondí: “Porque todo estaba mal”. Intentó animarme citándome muchos ejemplos de grandes hombres que en un principio se equivocaron pero que al final llegaron a ocupar un lugar en la historia. Me pidió que fuera perseverante y que controlara mis impulsos. Mi madre criticó la reacción descontrolada pero me inyectó confianza diciéndome que estaba segura que al final escribiría algo bonito.

Como todos los días salí del colegio junto a los amigos pero en aquella oportunidad solo los acompañe unas cuadras porque luego me separé del grupo para dirigirme a la plaza de armas. Tomé asiento en una de las bancas y empecé a observar el cielo: con las nubes formaba rostros humanos, animales, paisajes, naves, todo lo que a mi imaginación se le antojara. Luego, seguí con la mirada a un grupo de niños que lustraban zapatos: descalzos y vestidos con ropa tremendamente desgastada por el uso y el tiempo. Mis cortos once años no fueron impedimento para sentir un nudo en la garganta, y pensar que uno de ellos podía ser yo. “Pareciera que esos niños vivieran en otro mundo”, me dije mentalmente.

Por la noche les conté a mis padres lo que había visto y sentido pero mientras reflexionábamos sobre el tema en mi cabeza empezó a recrearse toda la historia de un niño. Fui a mí recamara, me senté en el escritorio, cogí papel y lápiz y la imaginación empezó a dictarme lo que sería la historia del cuento escolar: "De noche, un niño que caminaba descalzo por la plaza de armas, vestido con harapos –pobre en dinero pero rico en sentimientos-, vio una luz caer en el mar. Corrió hasta la playa y encontró a un hombrecillo tirado en la arena. Se acerco con temor, al verlo herido le ayudó a recuperarse. Superada la desconfianza entre ambos lo llevó a su humilde casa: echa de cartones, plásticos, carrizos y listones de madera; ubicada en un cerro a las afueras de la ciudad. Su padre, un técnico electrónico, dirigido por el visitante construyó un aparato transmisor con el que pudieron establecer comunicación con una nave nodriza para que lo recogieran. El tiempo que duró la convivencia entre los personajes compartieron enseñanzas que con los años ayudó al papá del niño a ser un gran inventor sacándolo de la pobreza, y el nuevo amigo se llevó al espacio una lección de amor y amistad". (Lógicamente, he resumido tremendamente el cuento que además venía acompañado de dibujos).

Llegado el día de la presentación de los trabajos entregué henchido de orgullo mi cuento. Esperaba con ansias la llegada de la nueva clase para que se nos dieran las calificaciones. Tanta era mi emoción que la fecha siguiente llegué temprano a clase. El maestro ingresó con todos los textos, los colocó sobre el escritorio, tomó asiento y comenzó a llamar alumno por alumno. Cuando llegó mi turno salté del pupitre escolar como un resorte, me acerqué y recibí la carpeta que guardaba mi inspiración. Al ver la calificación que se me había otorgado me desarmé completamente, sentí coraje, ganas de golpearlo, de escupirle y de llorar. Para el profesor mi cuento valía “00”. Con la voz quebrada le pregunté por qué me había colocado dos grandes ceros, me respondió que lo mío era una copia, que era imposible que hubiera podido escribir algo así. Por más que alegué no me prestó atención.

Recién en casa me puse a llorar de impotencia. Le mostré a mi padre mi trabajo con la injusta calificación, éste se olvidó de la "santa paciencia" y empezó a insultarlo. Mi madre, me abrazó repitiendo que se sentía orgullosa, que a ella no le importaba esos dos ceros porque ambos eran testigos de mi esfuerzo. A la siguiente clase mi papá me acompañó a la escuela, esperó al enano mental y cuando lo vio llegar lo enfrentó lleno de rabia, exigiéndole enérgicamente que se retractara. El aula entera era testigo de la cara de susto del “profe”, mientras tanto yo estaba lleno de orgullo parado al lado de mi héroe. Ante el escándalo que se había armado apareció el director intentando calmar la situación, luego los tres se fueron a la dirección.

Aproximadamente, después de treinticinco minutos fui llamado a reunirme con ellos. Allí el pedagogo se disculpó por la injusticia cometida, y con la presencia de la máxima autoridad escolar se me otorgó el puntaje más alto.

Superado el amargo incidente pensé: "Si un maestro que ha estudiado tantos años en la universidad creyó que mi cuento era una copia entonces significa que mi trabajo estuvo excelente por lo tanto soy bueno".

Lo que fuera una ofensa a mi creatividad infantil término convirtiéndose en el mayor de los halagos para mi corta edad.

Pasaron los años y vino la película "E.T., el extraterrestre" y el gran parecido entre el guión del film con lo que escribí de niño hizo que me sintiera aún más orgulloso cuando ya era un jovencito universitario.



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La verdad oculta

Bahia de Chimbote

Un domingo por la mañana, Willy y sus amigos jugaban un partido de fulbito en la arena del malecón chimbotano. Cada uno imaginaba ser el crack del club de sus amores. Él, poseía una rara habilidad: era diestro para escribir pero utilizaba la pierna izquierda para dominar el balón. Soñaba ser, algún día, igual al futbolista peruano Cesar Cueto, "El poeta de la zurda". La pelota iba y venia como las palabras groseras entre los infantes que apenas llevaban una docena de años de vida. Ocho críos, agrupados de a cuatro, se enfrentaban tenazmente en una batalla deportiva en la que se jugaban el honor, los billetes hechos con las envolturas de las cajetillas de cigarros (cada marca tenia un valor diferente), además de las canicas.

Muchos pescadores, sentados al borde del campo imaginario, alimentaban la bravura de los muchachitos con sus aplausos o pifias. Dentro de este conjunto de hombres de mar: ataviados con camisetas viejas y pantalones cortos llenos de escamas, destacaba la presencia de un hombre con porte atlético vestido impecablemente: guayabera blanca, pantalón de color blanco humo, sandalias del mismo color y gafas oscuras; era su padre. Fingió no verlo entre la multitud aunque rebosaba de felicidad, tampoco escuchar a sus amigos que le repetían: “Chochera (amigo) tu viejo”. Transcurridos varios minutos el elegante caballero se retiraba al llamado de su compañera de toda la vida, una hermosa mujer de mediana estatura.

Terminado el juego, los hombres de mar volvieron a sus chalanas, cada uno a sus labores de mantenimiento. Los pequeños futbolistas, extenuados por el fragor del deporte, se sentaron en la arena a recordar sus acrobacias peloteras, sin repartirse premio alguno por haber terminado empatados. “Willy, que chévere tu pá que viene a chinearte (verte)”, le dijo uno de ellos. “Como quisiera que así fuera mi viejo”, le manifestó otro muchachito del grupo. Él sonreía orgulloso. Sus amigos guardaban admiración y respeto por su padre, decían: “El señor todo lo sabe y es amigo de todos”. Terminada la plática se remangaron los pantalones, colgaron las tenis en el hombro y caminaron por la orilla del mar inventando juegos, hasta que una escandalosa voz reclamando a uno de los chiquillos les recordó que era la hora del almuerzo. Se despidieron con la promesa de reencontrarse por la tarde en la esquina del cine.

Al llegar a la puerta de su casa se puso a tocarla como si ésta fuera una tumbadora. “¿Cuál es tu desesperación?”, le reclamó su madre al abrirle. Lo enviaron a tomar una ducha y cambiarse de ropa. Willy, tenía la costumbre de entrar al baño con una radio portátil y sintonizarla a todo volumen mientras le hacia el coro a la canción que brotaba del pequeño aparato todo el tiempo que duraba su higiene corporal.

Su hermana, dos años menor, sentada en uno de los muebles de la sala, observaba los archivos de su padre, leía sin entender los documentos que en cada uno de los folder estaban ordenados. Dentro de todos estos papeles hubo uno que capturó su atención, no podía entender lo que allí se decía, la inocencia propia de su edad era mayor que su capacidad para comprender la importancia de aquel documento que el destino había puesto en sus manos para convertirla en mensajera de una delicada noticia.

Con el cuerpo limpio y la toalla envuelta en la cintura caminaba hacia su habitación. “Willy, ven mira”, escuchó decir a su pequeña pariente desde donde se encontraba. “Espera, me visto y voy”, respondió despreocupado. Ataviado con una camiseta de color rojo, pantalón bermudas de color azul, sandalias negras, y el cabello ensortijado fue al encuentro de su hermana. ¿Qué quieres?- Mira esto, respondió ella señalando con el dedo índice sobre una fotocopia. Él, de pie, tomó entre sus manos el folder donde se encontraba archivado aquel papel y empezó a leer. La niña lo observaba en silencio. Un mutismo absoluto envolvió a los hermanos. De pronto, los ojos del chico feliz se tiñeron del color de la tristeza. Su rostro, se fue desencajando acompañado de un incontrolable temblor en los labios. Avanzaba en la lectura y sentía que una inmensa ola revolcaba su vida hasta terminar por ahogarla. Su corazón se aceleró impresionantemente como queriendo huir de su pecho. Soltó la carpeta con la hoja sobre el sillón y corrió llorando rumbo a su habitación. La verdad oculta acababa de ser descubierta.

Velozmente, la nena, fue hasta la cocina en busca de su madre para contarle que le sucedía a su hermano. Mamá, Willy esta llorando - ¿Por qué? – No sé, estuvo leyendo un papel de la biblioteca – Vamos para que me muestres cuál. Cuando la madre vio lo que su enano había leído sintió venirse todo el universo al suelo. Mandó a su hija a jugar con su hermano menor para distraerla, luego apurada buscó a su esposo. Él, leía una revista internacional en la cama cuando ella ingresó a la alcoba con el rostro evidenciando preocupación. ¿Qué pasa? – Ya se enteró - ¿De qué? – Acaba de leer su partida de nacimiento y esta llorando en su habitación. De un brinco se puso de pie, abrazó a su esposa tratando de calmarla. “¿Qué vamos hacer?”, preguntó la mujer. “Esperemos a que se calme un poco y luego iré a conversar con él”, respondió. “Primero lo haré yo”, propuso ella.

Willy, tumbado en la cama no cesaba de llorar amargamente. Miles de preguntas invadían su atormentado cerebro. En tan solo unos minutos su tierno mundo se había movido bruscamente desatando una terrible catástrofe emocional. Su mamá, nerviosamente tocó la puerta del cuarto. ¿Quién es? – Yo papito - ¿Qué quieres?, respondió lleno de rabia – Tenemos que hablar – No quiero hablar con nadie... ¡Déjenme solo! – Mi amor, no me voy hasta que no charlemos. Desde su lecho miró fijamente la puerta, dudando por un instante, se levantó, con paso pausado se acercó hasta la entrada para permitir el ingreso de su madre. Ella intentó abrazarlo pero él prefirió esquivarla volviendo rápidamente a la cama para continuar con las compuertas de su corazón totalmente abiertas para que su corazón dejara correr su dolor traducido en llanto.

Su madre se sentó al lado suyo y con la mano izquierda empezó a acariciarle el cabello. Willy, lloraba con la cara hundida en la almohada. El sufrimiento que en ese instante sentía el mayor de los niños era algo que sus padres siempre habían evitado. Ella, deseaba poder ocupar el lugar de su hijo con tal de devolverle la alegría y la paz al alma de su inquieto nene. Transcurridos algunos minutos –que se sintieron como eternos- un ahogado “¿Por qué nunca me contaron nada?” se dejó escuchar en aquel espacio. “Mi amor, tu padre y yo solo esperábamos a que crecieras un poco para que pudieras entender”, respondió acongojada. Acaso no estoy bastante grande - Sí, además eres inteligente - ¿Por qué me mintieron? - Nunca te mentimos en nada... tu papá y yo te queremos mucho.

Brevemente la ausencia verbal se apoderó por unos segundos de la recamara, hasta que la matriarca del hogar decidió contarle la verdad: “Tenía dieciséis años cuando conocí al hombre del que me enamoré con toda la ilusión de una niña, pensé que aquella relación seria para siempre. Al poco tiempo quedé embarazada de ti. Tu llegada a este mundo me llenó la vida de felicidad: tu carita colorada como un camaroncito –Willy sonrió entre lagrimas-, tus ojos grandes observaban todo como si buscaran algo que habías olvidado en algún lugar, le sonreías a todos, siempre fuiste un coqueto, cubierto con tu roponcito parecías un muñequito de porcelana. Pero el encanto se rompió a los seis meses de tu nacimiento, el que decía querernos se marchó sin decir nada, un día salió y nunca más regresó. Nos tocó salir adelante solos, tú eras mi fuerza. Luego conocí al que en verdad se ha portado como un padre desde que te conoció”, entre sollozos finalizó la historia. Se acomodó en la cama, abrazó a su hijo y juntos lloraron, unidos como cuando ella era una adolescente y él un bebé.

Luego entró su padre quien por un momento guardo silencio, la madre al verlo se puso de pie ofreciéndole su lugar. Se ubicó muy cerca del pequeño. Willy se sentó y con su carita de pena le preguntó el por qué no le habían cambiado de apellido. “Tu madre y yo muchas veces conversamos del tema y decidimos esperar a que crecieras para que los tres tuviéramos una plática menos dolorosa para ti. No te cambiamos el apellido porque creímos que tenías el derecho de conservarlo, te imaginas si algún día él volvía a tu vida y te enterabas que otro era tu apellido, entonces creerías que siempre quisimos mentirte”, le respondió. “Pero, yo quiero llamarme igual que tu”, refutó. “Hijo, con apellido o sin él eres y siempre serás mi hijo. Yo te quiero tanto como a tus hermanos. Me duele verte triste. Somos tu familia, jamás estarás solo. Tu madre y yo daríamos la vida por ti y por tus hermanos...”, la voz se le quebró, lo cobijó con fuerza entre sus brazos sin poder contener el llanto. ¿Papá los hombres no lloran? También lloramos cuando se quiere como te quiero, respondió.

Pidió quedarse a solas para pensar un poco. Acompañado del silencio de la soledad recordó lo bueno que aquel hombre, al que siempre conoció como papá, había sido con él; las veces que junto a su madre se trasnochó cuando estuvo internado de gravedad en alguna clínica; lo interesante de sus charlas; lo orgulloso que se sentía cuando sus amigos le revelaban la admiración por su padre; pensó en su hermanos; se pregunto de cuanto habría sufrido su madre cuando los abandonaron; al fin comprendía la razón del por qué aquella dama se trasformaba en una fiera indomable cuando alguien osaba tocarlo. Aunque le resultaba difícil beber aquel trago amargo que el destino le servia fue asimilando con admirable serenidad la dura realidad. Abandonó la recamara y se reunió junto a su familia para almorzar en armonía. Comió en silencio, sonreía esporádicamente con las bromas de sus hermanos, y no olvidó de hacer sus travesuras en la mesa (en un descuido cogió parte de la presa del plato de su hermana); terminada su ración pidió permiso a sus padres para ir a la playa, ellos aceptaron.

Caminó hasta el mismo lugar en donde jugara por la mañana junto a sus amigos, se sentó en la arena observando por varios minutos la tranquilidad del mar, sus ojos volvieron a lagrimear, y desde la profundidad de esa neblina con la que la tristeza cubre el alma recordó una frase que en alguna novela escuchara: “Padre no es el que engendra sino aquel que se preocupa de que cada día de tu vida sea el mejor”.

Nuevamente se puso de pie, sin desviar la mirada del mar y de las gaviotas que sobrevolaban sobre las bolicheras en busca de alimento; formó una cruz con los dedos, la beso, luego expresó en voz alta: “Juro por ésta que algún día encontrare al cobarde de mierda que se burlo de mi madre”.

Poco antes de regresar a casa elevó la mirada al cielo y dio gracias a Dios por darle el nuevo padre que tenía, el amor de su madre, y los hermanos que formaban su familia.

El tiempo se encargó que Willy cumpliera aquel juramento escribiendo un nuevo capitulo en su existencia. Convencido que en la vida el destino mueve sabiamente sus fichas continúo alimentando el amor por sus padres.


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Los pequeños piratas

Antigua playa de Chimbote

Cada vez que escucho algún bolero del trío "Los Panchos", o a la orquesta de Pault Mauriat, inevitablemente me vuelven los recuerdos de infancia en la casa que mis progenitores tenían en el malecón Grau, de la ciudad de Chimbote: mis padres sentados en la sala escuchando su música preferida; mis hermanos jugando en sus habitaciones o en el patio; yo, "clavado" en la ventana observando como la penumbra de la noche digería aquellas grandes embarcaciones pesqueras que se enrumbaban mar adentro. A lo lejos, alcanzaba a divisar el extenso muelle débilmente iluminado, frente a él a las bolicheras esperando el aviso de la capitanía para encender motores y lanzarse a la faena nocturna.

Mi padre: un hombre de porte atlético, cabello ondulado, bastante bien parecido, siempre con sus anteojos de carey, y su reloj de números romanos con correa marrón en la muñeca izquierda, era el responsable de mantener en perfecto estado las sondas y radares de las inmensas embarcaciones. Éste caballero tuvo la genial idea, cuando aun vivíamos en otra ciudad portuaria, de permitir que desde los cinco años lo acompañara en la "panga" (remolque marítimo) que lo trasladaba desde el muelle hasta estas moles de metal para familiarizarme con su trabajo –según decía él- pero lo que consiguió fue que el mar y yo quedáramos más unidos que una madre a su hijo. Digamos que a diferencia de muchos infantes primero aprendí a trasladarme en una embarcación que a manejar una bicicleta.

Cuando llegamos a nuestro nuevo hogar en el malecón Grau los primeros amigos que tuve fueron hijos de pescadores. Estos niños que siempre traían un aliento a pescado frito me llenaron la cabeza de historias sibilinas relacionadas con el mar. Por ejemplo, me hablaron de un jinete vestido completamente de negro montado sobre un corcel del mismo color que en alguna noche vi o creí ver cabalgando por la arena frente a mi casa... cosas de críos. Con ellos por primera vez jugué fulbito en plena pista con dos grandes rocas por arco. Aprendí mis primeras palabras soeces y malas mañas que en casa mi madre se encargaba de corregírmelas a punta de correa.

Junto a mis nuevas amistades, desde una distancia prudente, hacíamos un reglaje a los pescadores artesanales que confiados dejaban sus botes en plena bahía, sobre la arena, y debajo de estas naves de madera los remos. Uno de nosotros se encargaba de seguir al pescador elegido para confirmar que se encontraba lejos y así poder apoderarnos por un largo rato de sus barcas. Entre todos la empujábamos hacia el mar, luego por turnos nos sucedíamos para remar. Al final del paseo regresábamos la pequeña lancha "prestada" a su lugar de origen, y nos marchábamos con el juramento de no delatar nada de lo sucedido. Por suerte jamás aconteció accidente alguno. Pensar que esto lo hacíamos con apenas diez años. Aunque hubo ocasiones que fuimos descubiertos en plena travesura marina y el o los pescadores nos dieron una "catana" (golpes) como para ahuyentarnos de aquel juego peligroso.

El malecón Grau que llegué a conocer aun tenía un gran espacio de arena que separaba al mar de la parte peatonal, eran tiempos en que la inseguridad ciudadana no era tan endemoniada como en la actualidad. Sobre el color plomizo de la arenilla de la playa chimbotana muchos carpinteros construían embarcaciones de madera, de regular tamaño, a la luz del día. Al marcharse dejaban sus herramientas dentro de estos esqueletos de madera para continuar trabajando al día siguiente. Nosotros, los pequeños piratas, invadíamos por las noches estas barcas a medio terminar para convertirlas en santuarios de nuestras fantasías. El eco abrumador de las olas bravías y el silbido fantasmal del viento filtrándose por los finos espacios, entre los tablones, inspiraba a los más inocentes a imaginar que eran Simbad el Marino; los demás nos dedicábamos a fumar cigarrillos sin filtro, marca "Inca": raspaban el pecho hasta la tos, y después de cuatro pitadas ya estábamos totalmente mareados. Además de fumar y contar leyendas, nuestros temas giraban en torno al sexo: del escote de la maestra, de las nalgas de tal o cual señora, o vecinita a la que ya se le empezaban a notar ciertos cambios en su anatomía.

El tiempo pasó, con él se marcharon por distintos caminos aquellas amistades, los recuerdos quedaron pero el malecón cambió. Cada vez que he podido observar la orilla desde una bolichera, mientras el fuerte viento me peinaba el cabello a su antojo, mi cerebro ha reestrenado una película en sepia en la que los personajes son muchos niños que sin importarles las diferencias sociales jugaban como hermanos sin medir el peligro, o el límite entre la travesura y lo delictivo. Sobre este pasado hermoso se construyó el moderno malecón Grau, un corredor turístico orgullo de los chimbotanos.


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Chimbote: El Malecón Grau de mis recuerdos.

Antiguo Malecón Grau

Caminar por cada cuadra que forma parte del Malecón Grau, en la ciudad de Chimbote, me significa inevitablemente volver a circular por un pasado lleno de bellos recuerdos. El Malecón atesora en cada una de sus casas, veredas, bancas y piedras a un testigo privilegiado de tantas historias de amor, "mataperradas" de niños, aventuras de adolescentes, frenéticos partidos de fulbito y noches de bohemia juvenil. Desde el hotel de turistas hasta el Varadero.

El Malecón que conocí tenía algunas palmeras -frente al hotel de turistas - y arena. Desde la bahia, sobre el mar, danzando en el aire, se podía ver el vuelo de los pelícanos, gaviotas, pardelas y patillos; era impresiónate apreciar en el piélago a los bufeos y "chanchos" marinos.

Tenía ocho años cuando llegué a "chimbotito", un año después del devastador terremoto del 70 que desapareció el pueblo de Yungay. Aquel penetrante olor que despedían las fábricas de harina de pescado fue lo que dio la bienvenida a mi familia, luego fue la fuerte brisa marina la que golpeó mis pulmones. Nuestra casa estaba a unos metros del mar que se convertiría en mi vida. Por años, fui testigo en el muelle chimbotano de la salida y llegada de tantas bolicheras. Desde mi ventana vi hermosos amaneceres y arder el cielo en el ocaso. Infinidad de veces, montado en una "chalana", junto a los amigos de infancia navegamos frente a las islas guaneras, mientras nuestra mente infantil volaba en la imaginación con el corazón acelerado creyéndonos piratas.

Antes de abordar el extenso rompeolas de la bahía chimbotana está el Jr. Huanchaquito, frente al Varadero -entre los amigos solíamos comentar que allí vivía la gente brava. Iniciando la primera cuadra del Malecón está el Jr. Guillermo Moore, un lugar que conocíamos por estar habitado por "gente de mar". Al terminar la primera cuadra del Malecón comienza el Jr. Sáenz Peña, conocido por celebrar, año tras año, de manera espectacular la fiesta de la "Cruz de Motupe".

Entre el Jr. Sáenz Peña y el Jr. Carlos de los Heros existía "la ramadita", acá llegaban todas las pequeñas embarcaciones artesanales para descargar la pesca del día. Cada mañana era una pequeña feria, una improvisada mini terminal pesquera, donde se podía encontrar una gran variedad de peces. Completaban este mágico mundo las vendedoras de cebiche, las vendedoras de "champus" (desayuno hecho a base de maíz servido en grandes tazas), las vendedoras de "cachanga" y el clásico panadero ofreciendo el pan francés o el "Peter pan" (pan de yema).

Finalizando la segunda cuadra del malecón empieza la primera cuadra del Jr. Carlos de los Heros, allí todos los años llegaba un misterioso señor a proyectar en un gran muro amarillento las mismas películas antiguas en blanco y negro. A la cuadra siguiente, en el Jr. Enrique Palacios, estaba el colegio de primaria "Sagrado Corazón de Jesús" donde cursé parte de mis estudios.

Luego, el Jr. Villavicencio, ésta calle era nuestra "canchita" de fulbito, dos piedras por arcos y unos partidos que eran a morir. Siempre caminando por el malecón llegamos a lo que era la "canchita de repuesto", cuando los mayores nos ganaban la pista de la cuadra anterior, el Jr. Elías Aguirre.

En la cuadra siguiente, el Jr. Manuel Ruiz, estaba la casa de madera color verde de un gran amigo de la secundaria. Finalmente, en el Jr. José Gálvez, frente a la Plaza Miguel Grau (en mis tiempos Plaza Chimú), se hallaba la discoteca “El Pelicano” que pertenecía al Hotel de Turistas, convertido por los amigos del colegio en el punto de encuentro de cada viernes o sábado.

El Malecón Grau de hoy es un bello mirador turístico por donde orgullosamente pasean jóvenes enamorados, familias o simplemente amigos que buscan deleitar la vista en lo que alguna vez fue considerado como el primer puerto pesquero del mundo. Cuadras frente al mar que por siempre conservarán celosamente mis mejores años.


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