Los pequeños piratas

Antigua playa de Chimbote

Cada vez que escucho algún bolero del trío "Los Panchos", o a la orquesta de Pault Mauriat, inevitablemente me vuelven los recuerdos de infancia en la casa que mis progenitores tenían en el malecón Grau, de la ciudad de Chimbote: mis padres sentados en la sala escuchando su música preferida; mis hermanos jugando en sus habitaciones o en el patio; yo, "clavado" en la ventana observando como la penumbra de la noche digería aquellas grandes embarcaciones pesqueras que se enrumbaban mar adentro. A lo lejos, alcanzaba a divisar el extenso muelle débilmente iluminado, frente a él a las bolicheras esperando el aviso de la capitanía para encender motores y lanzarse a la faena nocturna.

Mi padre: un hombre de porte atlético, cabello ondulado, bastante bien parecido, siempre con sus anteojos de carey, y su reloj de números romanos con correa marrón en la muñeca izquierda, era el responsable de mantener en perfecto estado las sondas y radares de las inmensas embarcaciones. Éste caballero tuvo la genial idea, cuando aun vivíamos en otra ciudad portuaria, de permitir que desde los cinco años lo acompañara en la "panga" (remolque marítimo) que lo trasladaba desde el muelle hasta estas moles de metal para familiarizarme con su trabajo –según decía él- pero lo que consiguió fue que el mar y yo quedáramos más unidos que una madre a su hijo. Digamos que a diferencia de muchos infantes primero aprendí a trasladarme en una embarcación que a manejar una bicicleta.

Cuando llegamos a nuestro nuevo hogar en el malecón Grau los primeros amigos que tuve fueron hijos de pescadores. Estos niños que siempre traían un aliento a pescado frito me llenaron la cabeza de historias sibilinas relacionadas con el mar. Por ejemplo, me hablaron de un jinete vestido completamente de negro montado sobre un corcel del mismo color que en alguna noche vi o creí ver cabalgando por la arena frente a mi casa... cosas de críos. Con ellos por primera vez jugué fulbito en plena pista con dos grandes rocas por arco. Aprendí mis primeras palabras soeces y malas mañas que en casa mi madre se encargaba de corregírmelas a punta de correa.

Junto a mis nuevas amistades, desde una distancia prudente, hacíamos un reglaje a los pescadores artesanales que confiados dejaban sus botes en plena bahía, sobre la arena, y debajo de estas naves de madera los remos. Uno de nosotros se encargaba de seguir al pescador elegido para confirmar que se encontraba lejos y así poder apoderarnos por un largo rato de sus barcas. Entre todos la empujábamos hacia el mar, luego por turnos nos sucedíamos para remar. Al final del paseo regresábamos la pequeña lancha "prestada" a su lugar de origen, y nos marchábamos con el juramento de no delatar nada de lo sucedido. Por suerte jamás aconteció accidente alguno. Pensar que esto lo hacíamos con apenas diez años. Aunque hubo ocasiones que fuimos descubiertos en plena travesura marina y el o los pescadores nos dieron una "catana" (golpes) como para ahuyentarnos de aquel juego peligroso.

El malecón Grau que llegué a conocer aun tenía un gran espacio de arena que separaba al mar de la parte peatonal, eran tiempos en que la inseguridad ciudadana no era tan endemoniada como en la actualidad. Sobre el color plomizo de la arenilla de la playa chimbotana muchos carpinteros construían embarcaciones de madera, de regular tamaño, a la luz del día. Al marcharse dejaban sus herramientas dentro de estos esqueletos de madera para continuar trabajando al día siguiente. Nosotros, los pequeños piratas, invadíamos por las noches estas barcas a medio terminar para convertirlas en santuarios de nuestras fantasías. El eco abrumador de las olas bravías y el silbido fantasmal del viento filtrándose por los finos espacios, entre los tablones, inspiraba a los más inocentes a imaginar que eran Simbad el Marino; los demás nos dedicábamos a fumar cigarrillos sin filtro, marca "Inca": raspaban el pecho hasta la tos, y después de cuatro pitadas ya estábamos totalmente mareados. Además de fumar y contar leyendas, nuestros temas giraban en torno al sexo: del escote de la maestra, de las nalgas de tal o cual señora, o vecinita a la que ya se le empezaban a notar ciertos cambios en su anatomía.

El tiempo pasó, con él se marcharon por distintos caminos aquellas amistades, los recuerdos quedaron pero el malecón cambió. Cada vez que he podido observar la orilla desde una bolichera, mientras el fuerte viento me peinaba el cabello a su antojo, mi cerebro ha reestrenado una película en sepia en la que los personajes son muchos niños que sin importarles las diferencias sociales jugaban como hermanos sin medir el peligro, o el límite entre la travesura y lo delictivo. Sobre este pasado hermoso se construyó el moderno malecón Grau, un corredor turístico orgullo de los chimbotanos.


Tu opinión es importante.

22 comentarios:

Asun dijo...

Las cosas van cambiando sin remedio. Por lo que veo erais unos verdaderos revoltosos que disfrutasteis de vuestra infancia. Esos recuerdos nunca se os borrarán de la memoria.

Un abrazo

Mercedes Pinto dijo...

Parece que te viera de chiquillo con tus amigos jugando en esas amplias playas de entonces del malecón Grau, aventurándoos por esos mares con la lancha prestada... Debiste tener una infancia maravillosa, ¡y tan cerca del mar!
Siempre un placer leerte.

Liova dijo...

Holaaaaaaaa!!!! Bonito lo que cuentas!!!! Que esa infancia se traslade al presente!!! BESITOS Y SALUDITOS ESPAÑOLES.

JuanRa Diablo dijo...

Cómo se nota cuánto marcó aquel lugar tu vida visto el enorme detalle y mimo con que lo cuentas.
De alguna manera debe haber mucha diferencia entre los niños que se han criado lejos del mar y los que han estado a diario pudiendo contemplar su horizonte sin fin.

Se me hacen tan vívidos esos tus recuerdos conforme voy leyendo, que parece que yo mismo hubiera sido uno de aquellos pequeños piratas, locos en su inconsciencia pero felices con su libertad.

Un hermoso recuerdo, Javier.

Un abrazo desde Yecla

luisa maria cordoba dijo...

Veo que tuviste una infancia muy entrañable, para llevar siempre en el recuerdo, pero como todo en esta vida las cosas cambian, evolucionan, como tu Malecón.
Bonita entrada Javier.
Un abrazo.

Anna Jorba Ricart dijo...

Me he trasladado a esa época de chiquilladas, ciertamente peligrosas para la edad que refieres...
Pero que bellos recuerdos...
Travesuras o fechorias hay está el limite, en tan vez una intencionalidad maligna que no teniais...
Lo demás como en todo, el cambio viene con los años...¡vaya que si viene¡¡

Mae Wom dijo...

Mmmmmm...El mar. De haberme criado cerca del mar creo que no habría podido alejarme mucho.
Siempre he vivido en el interior y lo echo de menos!

Qué sensación de libertad coger prestada la barca y lanzarse a la aventura siendo niños... Os sentiríais como heroes ;)

conxa dijo...

Afortunadamente tienes buenos y dulces recuerdos de tu infancia.

Me ha gustado mucho la descripción de tu padre.

Malena dijo...

Mi querido Javier: Son dulces recuerdos que aunque hoy en color sepia, no han perdido ni un ápice de su hermosura.

Gracias por dejarme tu nueva dirección. Sabes que ahora no tengo demasiado tiempo para visitar a los amigos pero te he enlazado a mi blog para tenerte cerca y darle a los compañeros la oportunidad de que te conozcan.

Me gusta la nueva imagen de tu blog. :)

Mil besos y mil rosas.

Encarni dijo...

Javier, que bonitos recuerdos. Como yo también me crié cerca del mar, pues ma ha gustado mucho 'jugar' contigo. Yo a pesar de ser una chica, como tenía muchos hermanos, pues me adentré en algunos juegos y aventuras de niños. A veces ibamos al puerto y nos subiamos a los barcos para notar como flotaban en el mar, ya que estaban amarrados al puerto.

Un abrazo.

Pilar Moreno Wallace dijo...

Los recuerdos infantiles dejan siempre una honda huella. Ellos -los recuerdos- forman parte de lo que ahora somos. Con un estilo ágil nos has compartidos aquellos años; gracias.
Gracias por tu visita y enhorabuena por este blog.
Saludos

Amig@mi@ dijo...

He pasado y ados veces, pero no me deja comentar :(
"La vida se hace de momentos, la gente, las cosas, nosotros, todo es cambio, todo movimiento…"
Un abrazo
A ver si hay suerte

curro dijo...

Excelente relato Don Javier, hay que ver los recuerdos que tiene Vd. de la infancia y como se recrea recordandolos, parece como si los volviera a vivir. El malecon debe ser un lugar muy bonito. Un abrazo.

Elmo Nofeo dijo...

Muy bien descrito el malecón.

Mar dijo...

A veces la vida se compone de viejas fotos amarillas...Siempre le pido a Dios que se lleve de mi cuerpo todo menos la memoria. Mis recuerdos no quiero perderlos hasta el último aliento de vida.

Me ha encantado leerte.

Gracias por haberte paseado por mis humildes letras y por tus amables palabras.

Besos desde un faro en mitad del mar.

Mar (...La vendedora de humo)

Isabel Martínez Barquero dijo...

He disfrutado con tu crónica, Javier.
Contigo, he visto a tu padre, joven, apuesto y atlético, camino de su trabajo en las embarcaciones, he imaginado el estado del Malecón, los juegos de los chicos, incluso las palabras feillas que todos pronunciamos a esas edades.
Muy evocador y bien escrito.
Un placer ha sido leerte.

Roberto Esmoris Lara dijo...

Lo pasé muy bien, Amigo. Mira, me serví una copa de vino y te "escuché" durante un buen rato. Eres un narrador agradable que permite que uno viva cada escena que nos cuentas(hasta me dio pudor espiarte con esa niña veinteañera)
Un abrazo muy grande, Javier, y todo el cariño de siempre desde este mar.

Maria Jesus dijo...

¡Que bonito relato! Yo soy de Ceuta y tambien se me metió el mar en la sangre y lo echo de menos cuando no estoy cerca de él.El sonido del viento, la campana cuando había niebla, el rumor de las olas.....Yo tambien hacía locuras de niña y recuerdo un pescador,que iba a tomar el sol con la barca a la peña donde estábamos, que me decía: " tenga cuidado señorita, que la mar está llena de valientes ".

Yuria dijo...

Hola. desde por ahí llegué a tu blog. (Una suerte). El mar es mi gran aliado. Lo disfruto en verano.

Un abrazo.

RECOMENZAR dijo...

Me gusta escucharte leerte y comentarte
un beso y mentas para vos

Isabel Estercita Lew dijo...

Javier, encantador tu relato, muy fresco y con sabor a mar, las saudades son inevitables, pero también pueden servir, como en tu caso, para compartirla en un bello texto

Gracias por tu comentario en mi blog

Estercita

Alís dijo...

Da gusto tener una infancia entrañable que recordar. He disfrutado con la tuya

Un abrazo